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El Error

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Mensaje  Urtoroth Vie 28 Mar 2008, 21:45

Volvían a la misma rutina, pero en esta ocasión Erunámo parecía sacar ventaja del tiempo empleado en viajar por Azeroth. Ella, preocupada, corría seguida por un lince que la acompañaba. Había pasado demasiado tiempo estudiando sus sueños con el troll amigo de Thrall y su entrenamiento lo había notado demasiado. Cuando llegó al valle, Cúnnandur estaba tendido en el suelo, resollando, sin apartar los ojos del firmamento,abiertos por completo.

Erunámo ni siquiera sudaba, pero en sus ojos no había alegría, sino ira. Una ira violenta, rabiosa y
sanguinaria. Dos hilillos de neblina vede se desprendían de ellos, y Káliethis, alarmada trató de gritar, pero de su garganta seca no salió siquiera un gemido. La armadura de Námo, roja como la furia divina, refulgía en poder, ansiosa de sangre.


Erunámo elevó la espada por encima de su cabeza y se asomó a la mirada desfallecida de su hermano. Sonrió de medio lado como el villano de un cuento de niños y esgrimió tal mandoble que el aire alrededor de la cabeza de su hermano arrancó briznas de hierba.

Pero Cúnnandur no estaba allí. Elevado sobre el terreno, una silueta de luz lo sostenía, en su precario
estado. Erunámo, con la espada clavada en el suelo, gritó con una rabia descontrolada, congestionando el rostro con una poseída fuerza endiablada.


Pero la silueta luminosa no se inmutó. Dejó al elfo de pelo claro en el suelo, junto a su hermana y al lince,
mientras el paladín permanecía inmóvil, incapaz de moverse.


Námo no podía entender qué le ocurría. Tampoco podía pensar con claridad, colmado de oscuridad como estaba. Se había quedado congelado por completo por efecto de algún hechizo demoníaco de su hermano. No podía mover ni los labios.

Inútil, veía cómo el ser de luz se le aproximaba con parsimonia y le tocaba la frente, calmando su furia
momentáneamente. Y así como había aparecido, se fue. Cúnnandur se levantaba, apoyado en Káliethis, que miraba al hermano de pelo oscuro con resentimiento y tragando amargas lágrimas.


- No te preocupes, pequeña - musitó Cúnnandur - Él es así… pero solo por el momento.
Los Recios nos ayudarán y volveremos a ser una familia.


---

“Mi visión es equivocada. Y mi ansia por matar a mi hermano me ciega hasta el infinito. La soledad me
abrirá los ojos. La paz será mi guía. La luz que calmó mi alma será mi arma y el Sol mi poder”, trataba de convencerse el paladín, meditando, contemplativo, en la soledad de su austero sancta
sanctórum
. Miraba sus manos manchadas de sangre. Sangre de su sangre.


“La soledad me abrirá los ojos. La paz será mi guía. La luz que calmó mi alma será mi arma y el Sol mi poder”.

De repente algo se coló en su meditación. Un eco oscuro. Retumbando en la lejanía, como un murmullo de
anticipación.


“La soledad me abrirá los ojos. La muerte será mi guía. La oscuridad que calmó mi alma será mi arma y el Sol alimentará mi poder”.

---

- Descansa, muchacho- susurró Dorian al joven Cúnnandur, envuelto casi por completo en vendajes. – Nos encargaremos de tu hermano a su debido tiempo.

Miró a Káliethis de forma significativa y salió de la habitación dejando al aprendiz de brujo al cuidado
de su hermana. Fuera, dos cazadores, Unaluna y un cazarrecompensas llamado Zoco, que solía trabajar con Recios, esperaban con gesto preocupado y, sentado tras ellos, el Pretor Urtoroth.


- Esto no pinta bien, Dorian - musitó el Pretor -. Unaluna y el mercenario estuvieron con el paladín en el Monasterio Escarlata y no tienen buenas noticias.

- Que hablen, pues - concedió el Princeps, contrariado con la acusación hacia un miembro de los
Recios.


- Zi zeñó elfo. Yo ver todo con ojoz atentoz- gruñó Zoco señalando absurdamente a la habitación donde descansaba Cúnnandur. - Zu hermano no era el mizmo, era como eztar pozeído. Rabiaba muy mal yuyu en eze Monazterio de humanoz locoz. Ojoz maloz. - El trol volvió a sentarse al lado de
un guepardo blanco, y acarició el lomo de su fiel mascota.


Unaluna rumiaba con el ceño fruncido.

- No parecía diferente a los demás, excepto por el brillo de sus ojos dentro del yelmo- explicaba el tauren-. Cuando recogió el hacha del cadáver de Herod sonrió de forma preocupante.

Urtoroth emitió un ligero gruñido.

- En cualquier caso es algo que atañe a Águila, Pretor.

- Si son Recios ¿puedo preguntar por qué no atañe a Matriz o al menos a mí? - inquirió el orco levantándose del banco.- Aunque os parezca mentira, me preocupo por esa chiquilla. Y sobre todo por los miembros de Recios que puedan estar en peligro junto a Erunámo.

- Por ahora solo ha dañado a su hermano, el resto estamos seguros en su presencia, no hay nada que temer - respondió Dorian -. Además, no sé hasta qué punto la historia de los Cúnnhin es algo que ataña a Recios. Los dos se culpan de la muerte de sus padres y es algo que aún no tengo claro que haya ocurrido realmente.

Káliethis se incorporó violentamente como si hubieran accionado algún resorte.

- ¿Que quieres decir con eso?, ¿mis padres están vivos?

- Calma, Káliethis- le contestó Dorian,- aún no puedo afirmar tal cosa con seguridad.


- Pero sabéis algo, si no, no hablarías así. Si es un rayo de luz, eso puede acabar con toda esta pesadilla que mi familia está viviendo. Y creo que es imperativo que yo lo sepa, siendo la única que media entre ellos dos. Necesito saberlo, Sire.

La elfa se atropellaba al hablar. Mientras su pulso se aceleraba, las palabras se agolpaban en su cabeza y respiraba con dificultad. Dorian y Urtoroth se percataron de la repercusión de los eventos recientes y
adivinaron el siguiente movimiento de la chica. Se avecinaba un desmayo.


Y, sin embargo, se mantuvo en pie. El gesto compungido, pero con un atisbo de ilusión en su mirada. Respiro hondo dos veces y tomó asiento en el banco.

- Sé de algún modo que mi hermano es peligroso- concedió ella-. No sé cuánto, pero su poder no proviene de la Luz, aunque él lo crea así. En su camino, ha perdido el centro y su carácter se polariza. Y lo hace con rabia.

- El entrenamiento que requiere controlar la rabia es muy distinto al que recibe un paladín, joven amiga- habló Urtoroth, conciliador.

- Exacto, pequeña- afirmó Dorian-, pero confiamos en Námo tanto como en Cúnnandur o en ti. Sabrá recuperar el camino perdido y en caso contrario, nosotros estaremos presente para ayudarle. Tu hermano no es bobo y, al fin y al cabo, lo que hace lo hace por un buen fin. Quizá debamos recordarle que el medio no es el correcto.
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El Error Empty La Duda

Mensaje  Urtoroth Vie 28 Mar 2008, 21:50

Envenenado. Para uno que consideraba amigo y un maldito enano le había clavado un virote con veneno de Terrallende. Se las había visto con muchas ponzoñas, pero ninguna de Terrallende. Y encima la noble elfa, entre chismorreo y flirteo, se lo trae a Cima del Trueno. Qué poca cabeza tienen algunos.

Perder tiempo, eso es lo que habían conseguido. A Unaluna no le sobraba tiempo y su esperanza residía en la panda de “hierbas” de Cenarion. ¡Y se lo traen a Azeroth! En cualquier caso, algún sabio de Moonglade, pero no. ¿Para qué, si “solo era un tauren”?

Descargó la espada una vez más. La sangre del enano salpicó su cara dentro del yelmo. Salada, ferrosa. Sonrió. Unaluna sobreviviría. Incluso el joven Kisidan podría habérselo llevado.

Rebuscó en los bolsillos del enano. Nada. Miró el rostro inerte y lo pateó, volviéndolo hacia la costa fría. Era de noche, pero no estaba cansado. Limpió el filo de su espada en las ropas del pirata.

- Escoria…- murmuró. Empezó a notar una fuerte presión en la cabeza. Apretó los dientes mientras notaba la sangre golpear en las sienes.

Vagamente, una figura se apareció frente a él. Parecía su madre, aunque él no le recordaba con claridad. “Te has apartado del camino. Vuelve o desaparece para siempre”. Su madre jamás habría sido tan dura. No podía ser ella. Notó algo a su espalda.

- ¿Koko novas, goibon?- escuchó en un idioma desconocido.

- ¿Koko novas?- dijo otra voz grave- ¡Go val de novas, goibon!

Cuatro piratas. Dos enanos, una humana y un… ¿un goblin? Uno de los enanos se había acercado hasta él y le empujaba sin miramientos. Le agarró la mano sin mediar palabra ni mirada y le apartó mientras los demás desenfundaban las armas. La imagen había desaparecido.

Levantó una mano y cerró los ojos. Los otros se quedaron parados, sorprendidos por la reacción del elfo. Se llevó las manos al yelmo rojo y, con calma, se lo quitó. Lo dejó en el suelo y volvió sus ojos hacia ellos.

El suelo empezó a temblar, cargado de energía sagrada. Pero… en vez de la nube dorada a la que estaba
acostumbrado, el efecto fue una explosión roja, líquida, viscosa. Mientras, los rostros de los cuatro piratas de Tanaris se deshacían en dolor y perdían todo rasgo, como una vela arrojada a la llama del hogar encendido.


Segundos más tarde, cubierto casi por completo por el humor rojo, Erunámo recogió el yelmo y lo volvió a vestir. Con paso decidido y la mirada perdida en el horizonte, se sumergió en el agua para hacer desaparecer la mancha de su armadura. Pero la verdadera mancha había quedado, impregnando su alma un poco más.

---

“Maestro Oscuro, lucharé por vos. Señor Oscuro, moriré por vos. Caminaré a la Sombra del Sol. Buscaré la sangre de mis enemigos para entregárosla”.

Se despertó en una posada. Solo. Sudando. Bien entrada la noche. Tan solo una respiración agitada en un camastro parecía albergar vida en la estancia. La pesadilla ya había durado demasiado.

Se levantó pesadamente y caminó hasta el rincón dónde creyó localizar la respiración. Tendida, una hembra kal’dorei trataba de llenar aire de sus pulmones… con el pecho abierto al exterior por algún tipo de arte brutal y macabro. Una esfera de luz trémula de color carmesí rodeaba el cuerpo de la elfa.

Horrorizado, Erunámo dio un paso atrás.

- Por el Sol…- pudo musitar en voz baja.

- ¿Val nue…?- preguntó la elfa, cubierta por la que seguramente era su sangre y alargando una mano hacia el sindo’rei.

- Quizá… quizá lo mereciste, pero es demasiado incluso para ti… Ishnu’hallah, Kal’dorei…

Retomó los dos pasos y se arrodilló junto a ella, imponiendo sus manos sobre la esfera translúcida. Cuando la disipó, la elfa exhaló el último aliento con una media sonrisa de liberación en los labios… pero una lágrima del paladín rodó hasta el suelo…

---

Se quitó la bufanda que tapaba su rostro para protegerlo de la arena y el sol al entrar en la apestosa taberna. El interior, oscuro, olía a muerte y carne quemada. Un goblin del Desierto de Sal decía haber visto a un elfo que coincidía con la descripción de Erunámo. Y siguiendo sus pasos desde el norte, era más que probable que estuviera en Gadgetzan. Pero la ciudad estaba casi vacía.

- Perdona- preguntó Káliethis a un guardia que descansaba al lado de la puerta.

- ¿Qué quieres? Mi tiempo es dinero…- miró a la elfa- Vaya… ¿tu también vienes a crear problemas, como tu primo?

Káliethis se quedó parada pensando por un momento si se refería a su hermano.

- De hecho- comenzó a responder-, busco a uno de los míos. Pero, ¿qué ha pasado aquí? Menuda escabechina, ¿no?

- Yo que tu no entraría- advirtió el guardia-. Esto está bajo investigación aún. Y dime… ¿cómo es ese que buscas?

Káliethis sumó dos mas dos.

- Bajito, rubio y de ojos azules- sonrió al goblin irónica.

- Ah… claro…- comprendió el vigilante-. Pues no ha pasado por aquí nadie así. A no ser que seas pariente de enanos.

Káliethis esbozó un gesto de repugnancia y negó con la cabeza,vehemente. Se volvió a asomar al interior de la posada. No podía creer que Námo hubiera sido capaz de tal atrocidad. Debía haber algún motivo de peso para todo aquello.

- Me dijeron que un elfo de pelo oscuro pasó por aquí hace uno días- retomó el vigilante-. Se fue hacia el norte… al parecer.

Miró a la elfa de reojo y enarcó una ceja.

- Pero seguro que no era el que tú buscas, ¿verdad?

Comprendiendo al goblin, ella sonrió con levedad, silbó llamando al lince y palmeó su muslo derecho para que se acercara a él. Obediente, el felino se agazapó junto a sus pies, relamiendo una de sus zarpas, que se había manchado de rojo.

- No, no- respondió prontamente-. Mi hermano es rubio. Seguro… es mi hermano al fin y al cabo.

- Seguro, seguro…- concedió el otro-. ¿Puedo pedirte un favor? A tu hermano no le gustaría Gadgetzan. Ya me entiendes.

- Si, el clima de Tanaris es muy rudo.

- Bueno, no es ese el motivo- miró con descaro el pecho de la elfa, cubierto por el tabardo- . Sois Recios ambos. No influiría demasiado. Pero…

- ¿Sí?

- Digamos que podría no gustar del pueblo y sus habitantes- concluyó.

---

El orco le miró torvamente, demostrando su desconfianza. Quería alejarle del campamento cuanto antes. No creía las habladurías que le llegaban con escasez desde la apartada capital, Orgrimmar. Era un elfo y su sangre estaba tocada con el ansia por la magia.

- Quizá entrenes como “paladín”, elfo, pero aquí eres un soldado más.

Le iba a mandar de nuevo donde Ysera perdió la toga.

- Maldito seas, orco- sabía lo que iba a decir antes de empezar la conversación-. No me vas a mandar de
recadero a Tanaris una vez más.


- De hecho, mierdecilla, te voy a mandar a las ruinas de Zul’Farrak y sí, otra vez. Y espero que esta vez no busques ayuda en tu escuadrón, porque te vas a ir con dos amigos míos.

- ¿Cómo?- se sorprendió el elfo de sangre abriendo los ojos.

El orco soltó una risotada mientras asentía a uno de sus guardias, recién entrado en la sala. Desde su silla, agitó una mano hacia el grunt.

- Haz pasar a los primos, Mograk.

- ¡Sí, señor!- respondió Mograk servicial.

Quitándose el barro de los pantanos de Stonard de la ropa, un par de orcos, una hembra y un macho, hicieron acto de presencia. Castrenses, saludaron a los presentes.

- ¡Por la Horda!- gritaron al unísono.

Námo se giró para verles y se pegó una palmada en la frente.

- ¡Hey Orejas!- saludó contento Jaspe- ¿A dónde nos vamos de juerga?

- Saludos, Erunámo de Águila- habló Azabache-. ¡Cómo has crecido, chico!

- Oh, por el Sol... ellos no...- susurró el elfo.
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El Error Empty El Otro Lado del Espejo

Mensaje  Urtoroth Vie 28 Mar 2008, 21:57

Hace tiempo contacté a sir Dorian Destine, querida, pero creo que no debería haberlo hecho”.

Sus ojos verdes miraron el espejo y parecieron destellar en azul turquesa.

“¿Por qué? ¿No valoras el dolor de nuestro hijo?”.

No es eso, Laurelin. Es solo que no creo que esté preparado para que se de cuenta de lo que ha pasado”.

“Pero sabe de sobra por lo que está pasando. Y con él sus hermanos. Por los titanes, Valkar... son tus hijos... ¿Qué te hace dudar así?”

Estaba preocupada por su hijo. El espejo devolvió un reflejo triste, pero de una belleza suma. Una bella estatua de pálidos reflejos.

Que estemos muertos, eso es lo que me hace dudar”.

“No sabes lo que me está haciendo todo esto, ¿verdad? No sabes cómo afecta esto al Círculo de la Luz Interna, ¿verdad? Creíste que Námo era el adecuado. ¿Te equivocaste?”

Káliethis era muy joven y Cúnnandur estaba abocado al desastre por su ansia de magia. El Círculo jamás se enterará de esto, ¿no?

La estatua se volvió y cruzó su mirada con el reflejo. Una chispa eléctrica pareció estallar en el aire entere ellos.

“Valkar, no puedo controlar lo que sabe o no el Círculo. Cuando tu gremio de magos puso trabas a tu continuidad por culpa de ese demonio, ¿cómo crees que se enteraron de lo ocurrido? No somos ni remotamente lo más poderoso de Lunargenta, querido”.

Esa astilla de Magtheridon morirá, Laurelin. Lo juro por el honor que me queda. Lo juro por nuestros hijos”.

“¡Ay, Valkar! Antes de poder deshacernos de él hay que conseguir que salga de Námo. Y por desgracia, él solo ha empezado a intuirlo estando cerca de Sarasvati y Presea. Son sus dos vínculos a nosotros. Ni siquiera Káliethis o Cúnnandur pueden acercarle tanto a nosotros como ellas... creo que Svati o
alguien de su estirpe fue miembro del Círculo Interno, Quizá puedan ayudarnos”


Lo peor es que toma control de Námo igual que hacemos nosotros”.

“Esa es la parte difícil, la que no podemos llevar a cabo nosotros, Valkar. Námo necesitará que Svati y Presea acaben con Dragmoorthor”.

“¡No pronuncies su nombre nuca jamás!”

El espejo se resquebrajó un tanto bajo la presión de sus ojos y se tiñó de rojo.

Entre su largo cabello negro, Námo miró al espejo contemplando una vez más y sin poder controlarlo sus ojos llenos de roja furia. Una sonrisa de medio lado asomó a sus labios, mordidos. Una gota de sangre manó de la comisura de la boca del elfo. En el fondo de su alma, dos voces gritaban pidiendo auxilio, pero eran aplacadas por la ira que brotaba de su interior. El éxtasis, la sensación de victoria, la anticipación y el ansia de muerte rezumaban los ojos del paladín.

Hola, yo. Soy yo de nuevo. Ya ni siquiera podéis hacerme desaparecer. Así que el Círculo
Interior... Creí haber acabado con esa secta cuando eliminé
a tu madre. Creía que era el último reducto de esa panda de mojigatos curanderos”.


Bueno, parece que no he acabado el trabajo, pero estoy muy cerca. Cada vez entro con más facilidad en tu hijo, Laurelin. En breve pondré a tu familia más allá de toda esperanza y ni tu, ni Valkar, ni vuestros hijos podréis entonces evitar que la Legión regrese victoriosa a Azeroth... una vez más...

---

Miraba los arcos de la ciudad de Shattrath con curiosidad infantil y caminaba despacio, pero sin fijarse por donde pisaba, en dirección a el portal de paso a Cima del Trueno. Entonces escuchó un ruido líquido a sus pies.

“Mierda”, pensó, rezando por que nadie le estuviera mirando, “he metido la bota en uno de estos malditos charcos. ¿Para qué querrán los Sha’tar este agua corriendo por aquí?”.


A sus espaldas un par de elfas, cargadas de armas luminosas reían por lo bajo, mirándole, divertidas bajo sus yelmos brillantes.

“Reíd, reíd... ya nos veremos las caras”, sin mirarlas, salía del arroyuelo y seguía camino examinando su
calzado. El agua no estropearía esas placas, eran de calidad. Pero en su descuido, topó con un bulto de color claro. Levantó los ojos.


- Vaya casualidad...- se oyó la voz del Pater- un elfo.

- Pater, perdón- musitó Námo- no era mi intención.

- Pues entonces fíjate por donde andas, chaval.

Námo se quedó helado. ¿Qué le pasaba a Nouda? Frunció el ceño mientras seguía el camino de Nouda al alejarse. Ni siquiera se había dignado a despedirse. “Vaya... parece que relacionarse con los jefes de Recios se le ha subido a la cabeza...”. Se desperezó, estirándose de forma disimulada, y siguió camino hacia el portal. “Espero que los orcos me estén esperando por allí. Como me molesta llegar tarde...”.

Tranquilo, ‘Pater’... ya volverás a saber de la Sombra. Lo juro...

---

Movió sus dedos jugueteando con una brizna de luz amarilla que surgía de ellos. El calor empezaba a quemar su piel, pero aquél dolor le resultaba placentero de algún modo. Sentado de lado en un sillón en la soledad de la casa de sus padres, dejaba caer sus piernas por encima del apoyabrazos observaba la oscuridad que le rodeaba.

“¡Deja en paz el cuerpo de mi hijo, bastardo!”, escuchó en su interior.

La boca de Erunámo esbozó una sonrisa malévola y apretando el puño, hizo desaparecer la pequeña luz sagrada, haciendo la oscuridad completa... a excepción de sus ojos.

Calma, Valkar. Me siento cómodo en este cuerpo. Es fuerte, rápido, ágil, resistente y además le hace tilín a las chicas...”, la voz de Dragmoorthor hacía sangrar al alma de Námo.

Pegó una risotada y desapareció de repente. Námo se desmayó, dejando caer su cabeza hacia atrás de forma dolorosa.

Amaneció tumbado en la cama de sus padres. La luz del sol entraba trémula por entre las cortinas de un ventanal justo frente a la enorme cama. A su lado, sentada y con cara de pocos amigos, Káliethis punteaba en el suelo con un pie.

- Eres un maldito loco, ¿lo sabías?

- ¿Cómo...?

- El Princeps Dorian y el Pretor Urtoroth ya saben lo que hiciste en Gadgetzan- murmuró ella.

- ¿Qué...? ¿Gadgetzan... ?

- Solo te lo diré una vez más y sé que me escuchas ahí dentro- se acercó a él y se sentó en la cama- Si a Námo le pasa algo por lo que has hecho, te aseguro que te sacaré los ojos, te llames como te llames y estés donde estés.

Pero, ¿qué pasa aquí? ¿Es que todo el mundo sabe ya que estoy aquí dentro?”, rugió una voz en todo el dormitorio.

- No sabes nada de lo que nos ha pasado desde que estamos en Recios, ¿verdad?- respondió ella- El propósito de este clan es tan alto que ha despertado en sus miembros un poder que ni tú ni tus jerifaltes podréis detener. El Pacto solo ha sido el primer paso. Los Titanes no podrán detenernos y tu solo eres un escalón. Pequeño, diminuto. Un problemilla que ya no molesta, porque los Cunnhin estamos decididos a erradicarte, demonio.

- ¿Kál...?- habló Erunámo con su voz.

- Vaya- murmuró la elfa-. Un bonito discurso para nada, ¿no?

---


La magnificencia del Portal Oscuro le hacía parecer pequeño. Diminuto. Se armó de valor y se encaminó hacia Terrallende. Tenía una misión que cumplir al otro lado y empezar su guerra particular en contra de la Legión Ardiente. Una infinidad de estrellas en fondo oscuro titilaban con arrogancia enmarcadas en piedra. Miraba a los dos enormes vigilantes marmóreos mientras subía la escalinata, que perdían sus ojos en el horizonte. Atravesó el vano entrando en el Portal. Se le revolvió el estómago con una sensación de vértigo.

De súbito la luz se abrió ante él.

Estaba en la cabeza de otro grupo de escaleras, y al frente un gigantesco demonio, similar a los dibujos de Magtheridon que había visto de pequeño en los libros, descargaba golpes a las fuerzas de Horda y Alianza que se arrojaban hacia él y sus infernales invasores.

Miró a un lado y a otro y contempló los destacamentos de los bandos enfrentados en Azeroth, ahora colaborando, en la lejanía, pero luchando contra el enemigo común. Corrió hacia el lateral donde se acantonaban las fuerzas de la Horda, a la derecha del portal.

Mientras se bajaba los escalones de dos en dos, notaba algo removerse dentro de su pecho. De reojo, podía sentir la ominosa presencia del enorme demonio llamándole. Y desde dentro una voz contestaba. Contestaba con palabras de color sangre y dolor. Estaban ahora más cerca que nunca.

Corrió hacia los rangos de la Horda, y en cuanto verificaron sus credenciales, tomó la mantícora hacia Thrallmar. Mucha tarea quedaba por hacer... y gran parte era suya.

---

Nazgrel le miraba con ojos condescendientes...

- Nos envían otro de estos flacuchos- murmuró- Bueno, por lo menos tu tabardo nos dice que no eres flacucho y además debilucho. Te pondré a prueba. ¿Ves esa muralla parcialmente derruida?

Erunámo asintió con gesto de asco.

- Es probable que la vea mejor que tu- respondió altanero- Por cierto, ¿no eres algo bajito para tu especie?

- ¿Cómo dices?- respondió Nazgrel abriendo la boca con una sonrisa que amenzaba carcajada.

Comenzó a reír a con mucha fuerza, llevándose las manos a la barriga.

- Bueno, por lo menos has conseguido hacerme reír, flacucho- y sin dejar que Námo respondiera, un seco sopapo cruzó la cara del elfo, haciendo sangrar una comisura del labio- Aprenderás respeto. Me gusta
adoctrinar a los tuyos.

- Te llevarías más de una sopresa.

- Me gustan los retos- cogió al paladín por el tabardo, elevándolo como un peso muerto hasta poner su nariz con la del elfo-. Me han dicho un par de capitostes que llevas una vida un tanto suelta. Y que nos
respetas poco, elfo. Eso va a cambiar. Entra en las murallas y tráete un poco de la sangre de esos orcos que se hacen llamar la “verdadera horda”. Y si me fallas, ya sabes dónde acabará tu sagrado culo, ¿verdad? ¡Largo!


- ¿Sangre de los que te engendraron, bastardo?

El enorme general no pareció inmutarse ante las palabras del paladín. Nazgrel lo arrojó al suelo, con tal fuerza que llegó, deslizándose, hasta la entrada de la sala de mapas de Thrallmar. Todo esto bajo la atenta mirada del enviado Sindo’rei que sí parecía haber oído el comentario de Erunámo.

Se levantó, se sacudió el polvo del tabardo y con media sonrisa, dejó la sala.

Al dar dos pasos en el exterior, el elfo que estaba junto a Nazgrel en la sala se le acercó con gesto preocupado.

- Supongo, pedazo de loco- le espetó sin presentarse-, que ni siquiera te escuchas pensar a tí mismo, ¿me equivoco?

Námo puso gesto confundido mientras limpiaba la sangre de su labio con la lengua.

- Joderrrrr- el elfo se llevó una mano a la frente-. ¿Por qué me tienen que mandar a todos los insurrectos de Quel’thalas precisamente a mi?- preguntó al aire. Námo siguió la mirada de su interlocutor hasta algún punto a su espalda.

- ¿Es a mi?- preguntó el paladín con cara de despistado- Porque si es a mí, no sé la respuesta.

- Encima ándate con bromas- respondió el otro-. Si no fuera porque necesito todos lo efectivos disponibles te iba a dar tal patada en el culo que no ibas a necesitar mantícora para llegar a Shattrath.

- Se te están pegando las formas de los orcos...

El elfo suspiró con fuerza. Le cogió por el tabardo y lo intentó levantar del suelo como Nazgrel.

- Pero- preguntó Erunámo poniendo los brazos en cruz- ¿qué le os ha dado a todos con levantarme por el tabardo?

Miró la cara del elfo. Pasó su mirada al suelo. Apenas lo había movido del sitio.

- Esto... ¿te pesan las placas que llevo?- bromeó el paladín.

De súbito, una llamarada verde se encendió en los ojos del otro elfo, vestido de telas rojas. Con un cántico que puso los pelos de la nuca punta a Námo, éste empezó a elevarse considerablemente. Frente a él flotaba el mago.

- No te voy a pasar una más. Atente a las consecuencias. Y ahora escucha: vete a las Murallas, saca esa maldita sangre, dásela a Nazgrel y lárgate a la marisma de Zangar. ¿Me has oído bien? No sé muy bien qué te traes dentro, pero no me gusta nada. De hecho, creo que debería pedir ayuda en tu clan .

Námo asintió lentamente. No le gustaban las alturas. Nada. De hecho padecía cierto vértigo. Rezaba porque no se le notara la gotita de sudor que se perlaba en su sien así como en su pecho, dentro de la armadura, pero el otro sonrió con claridad. Lo sabía. El efecto mágico desapareció y cayó desde una altura considerable a una velocidad considerable hacia una considerable muerte. A escasos centímetros de la arena, se detuvo la caída, pero era demasiado tarde. Námo había perdido la consciencia.
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El Error Empty El Principio de Todo

Mensaje  Urtoroth Vie 28 Mar 2008, 22:18

Algo le llamaba desde Sombraluna. Algo tremendamente poderoso y tentador, que gritaba de forma punzante en su pecho. Cuando llegó al poblado que la Horda había asentado allí para la defensa contra los demonios, al tiempo que la alianza había enviado un regimiento enano al mismo frente, Erunámo pudo
comprobar que, definitivamente, era el brillo esmeralda de toda la provincia lo que atraía a una parte de su interior.


Pasados los primeros días atendiendo a este y aquel encargo de los orcos de Sombraluna, notaba que poco a poco el fuego verde le consumía. La Luz se alejaba de su visión y los Naaru parecían dejarle apartado. La soledad le rodeaba y el único viaje que le llevó hasta Lunargenta, fueron lo único que le hizo sentir que un sentimiento de revancha le impediría abandonar el mundo de los vivos.

Por primera vez en mucho tiempo, su estancia en Lunargenta le había hecho consciente de cuál era su gran reto.

En su interior bullían tres almas, además de la suya propia. De la única que no sabía nada era de la cuarta. La más fuerte, la más peligrosa, la más cruel y perversa era la que debía expulsar.

Fue su estancia en la residencia de Lunargenta la que le había abierto el canal hacia su interior. Había aprendido mucho desde su llegada a Terrallende. Su comunicación con el exterior era mucho más fluida. Ahora comprendía a su hermano, aunque no perdonara su comportamiento. Lo más importante: se comprendía a sí mismo. Pero aún no sabía qué había ocurrido con sus padres, pero estaba en comunión con ellos. Y había llegado el momento de aclararlo todo.

Sí, hijo mío. Nuestra muerte no fue tal”, sentenció la voz siempre marcial de Valkar.

¡Ay!, Námo. Nin síla lúmenn hendi.”, murmuró la triste voz de su madre.

"Sí, madre. Las estrellas de mis ojos se apagaron cuando os fuisteis".

Y se transformaron en odio hacia tu hermano... comprendo”. De nuevo frío, Valkar, reprendió severamente al paladín. Como cuando él y Cúnnandur eran pequeños.

Temo que estés equivocado. Que lo hayas estado durante mucho tiempo, hijo mío”, pero eso
no es culpa tuya".


No, desde luego que no lo es”, concilió el padre. ”En gran parte es culpa mía”.

"¿Por qué padre? ¿Por qué ha de ser culpa tuya?"

Te contaremos una historia, Námo. La historia de como tu madre y yo morimos. La historia de Dragmoorthor”.

---

Magtheridon acaba de caer en una batalla épica entre las fuerzas demoníacas y se retiraba herido, pero no vencido. No en absoluto.

La espada brillante que había destrozado un costado de su arnés de batalla y penetrado la carne del enorme diablo caía también herida de muerte, ácida la sangre que la manchaba, al suelo, frente a aquél que la había blandido.

El elfo de sangre, rodilla hincada, miraba cómo mil pequeños asistentes se llevaban a un maledicente Magtheridon. Cayó rendido al terreno embarrado, mientras dos de sus escoltas llegaban al punto para recogerle. Su cara estaba manchada por la sangre del demonio y la sangre quemaba.

Un pedazo de la espada, reventada en pedazos se había clavado, además, en el pecho del elfo. Causando una pequeña herida sin mayor importancia... por el momento.

Los días pasaron y la refriega pasó al olvido. El elfo se recuperó prodigiosamente salvo por laherida del pecho y al cabo, volvió a aquél campo, ahora un erial estéril quemado por la sangre de los diablos y la sal del recuerdo esparcida por el campo. Paseando entre las briznas de hierbajos percibió un destello. Se arrodilló para verlo más de cerca. Parecía estar vivo. Alertó a su guardia de confianza para que lo vieran de cerca y cuando acercó la mano sintió una punzada en el pecho. La herida que antaño sufriera de su propia espada bullía con un dolor agudo que no podía explicar.

El fragmento vivo del suelo salió disparado del terreno hasta atravesar ropa y carne, llegando a tocar con un pequeño resquicio que había quedado prendido dentro del cuerpo del elfo.

De inmediato, un calor trepó por sus piernas recorriendo todo su espinazo hasta la cabeza, acumulándose en los ojos.

Un destello rojo y ¡FLASH! Fundido en negro.

Lo siguiente que pudo ver el elfo estaba todo desvahído en tonos de verde y azul. Un murallón cristalino le separab del rosotro de otro elfo que le contemplaba con gesto pesaroso. Le veía mover los labios, pero no oía lo que decía... intentó mover las manos para golpear el cristal... pero no tenía manos. Ni brazos. Tampoco tenía cuerpo ni lengua ni boca con la que articular palabras.

---

- Una terrible pérdida, sin duda- habló el elfo más alto-, pero no podemos permitir que salga.

- Lo cual nos condena, Nar’edh Palessdon- dijo una elfa de pelo rojo-, a permanecer vigilantes.

- Dragmorthoor fue un gran líder, mejor guerrero y ahora un peligroso rival, Gala'a Albahelada. Mas no os engañéis- advirtió un elfo de aspecto milenario-. De él ya solo queda su nombre.

- Y aunque a muchos os parezca importante, para él no es más que una reminiscencia de su anterior cuerpo- habló el elfo más pálido, Aimion Rasgoblanco.

- Cierto- concedió Mellyrn Raingrave, una bella elfa de ojos enormes -.Ahora ya no posee ni eso. Es maldad pura y concentrada. Y sí, necesitaremos a quienes estuvísteis con él en la batalla contra Magtheridon para retenerle.


- Pues eso no nos deja muchos miembros para pedir voluntarios- rió el mago de pelo dorado, Annahim Cúnnhin.

Cinco elfos presentes, dos sacerdotes, un mago y dos sacerdotisas cruzaron sus ojos con preocupación y cierta resignación. El sexto, les contemplaba mientras sus destinos se sellaban.

- Desde este momento, cinco sacerdotes y un mago serán custodios de la Astilla de Magtheridon. Su nombre se perderá en el olvido para los demás de nuestra raza, pero nosotros hemos de recordar a Dragmorthoor, pues de que su poder no medre somos encargados- el anciano elfo sentenció finalmente-. Así lo sella mi poder. El poder de Nairu Filoamargo.

- Seremos el Círculo de La Luz Interna.

---

Laurelin Albahelada, ahora Cúnnhin, recién casada con Valkar Cúnnhin, acudió a la salita donde su madre la esperaba preocupada. Ambas sabían que sobre la familia Cúnnhin pesaba la ardua tarea que solo los miembros de la familia de Valkar y cinco familias más conocían. Entre ellas, la suya.

‘Custodios de la Astilla’, pensaba mientras su madre le relatab los deberes a cumplir desde el inicio del ritual del círculo de La Luz Interior. Le preocupaba no poder mantener el flujo de luz contínua hacia el demonio.

Valkar, aún joven entre los elfos, recibía la tarea con fastuosa alegría. Sentía que podía con la responsabilidad con mucha facilidad. Mantener abastecido el cristal.

Pero ninguno contaba con el ataque de Arthas Menethil.

Años más tarde, la magia se rompió en pedazos. El Pozo se vació. El cristal tembló y se resquebrajó.

Algo estalló en el sótano del edificio donde se alojaba el Círculo.

Temiendo lo peor, Cúnnandur dejó caer su libro de ‘Estudios de la canalización de poder entre almas de otra esfera’ y corrió desde su hogar en pos del lugar donde sus padres desempeñaban a diario su labor.

El edificio parecía arder con el poder brotando por todos los poros de los cinco sacerdotes y el mago. Valkar, sosteniendo a Laurelin malherida en sus brazos miró a Cúnnandur con gesto preocupado y cortes en el rostro. Los demás miembros del Círculo yacían muertos o incinscientes en el suelo.

- ¡Hijo mío!- gritó- ¡Menethil! ¡Los humanos de nuevo! ¡Coge a tus hermanos y huid de Lunargenta! La defensa no podrá parar a los no-muertos y la astilla vendrá con tu madre y conmigo al infierno. ¡CORRE!

Temeroso ante la palabras de su padre, el joven Cúnnandur comenzó a recitar unas palabras recién leídas en un tomo arcano que Laurelin guardaba cerrado en casa.

- Nahai... Lómendar... Herian... Ruin... Fuiran...

- ¡NI SE TE OCURRA ACABAR!- Valkar, sabiendo exactamente lo que ese hechizo haría, gritó la prohibición sin efecto alguno.

- Makar...Kheleknar...

- Deja que acabe, Valkar- musitó Laurelin forzando su mente para que el cristal no estallara- Si estás decidido a que mantengamos la astilla tu y yo, necesitaremos su ayuda...

Entonces apareció Erunámo. Vestido con placas completas, espada y escudo en ristre, había corrido hacia allí con la misma idea que Cúnnandur. Sin embargo, las palabras de Cúnn no le parecían precisamente de ayuda.

- Tu...- susurró Námo con la rabia acumulada.

- ¡No, Námo!- gritó Laurelin con gesto aterrado.

El gesto de Cúnnandur se tornó airado. Miró a su hermano correr hacia él y aceleró la invocación del ritual... cuando estaba a punto de terminar, Erunámo cruzó el canal de energía abierto entre Cúnn y Valkar, siendo atravesado por el poder.

Un estallido colmó la sala con una risotada estridente. El canal de magia que manaba de Cúnnandur terminaba en Erunámo, lo atravesaba y se dividía en tres rayos, uno verde, otro azul y un último canal rojo que entraba en la astilla.

La esencia de Dragmorthoor se desvaneció dentro del cristal roto y los cuerpos sin vida de Valkar y Laurelin fueron absorbidos por el cristal esmeralda. Námo cayó desmayado en el acto, mientras Cúnnandur veía cómo su poder mágico desaparecía... al tiempo que se extinguía la magia de Lunargenta.

- Maldito seas mil veces, Erunámo. No sabes lo que has hecho.

Rozó ligeramente el cristal frío donde debían estar sus padres junto al fragmento... pero allí no quedaba nada. Todo estaba en silencio en la ciudad de Lunargenta.

El silencio imperecedero de la ausencia.

Salió andando lentamente, mientras lloraba amargamente la pérdida de su familia... debía encontrar a su hermana. Esperaba encontrarla viva. Al menos eso era una certeza en su corazón.

---

La ciudad permanecía silenciosa. El sonido de algo que se rompe para siempre había enmudecido todo fragor de batalla. Los corazones de los altos elfos se habían vuelto grises en su ausencia mística.

Y así pasaron los años...
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